COLONIA CANARIA Al OESTE DE LA TROCHA
Por Héctor Juan Izquierdo Acuña (Historiador cubano)
Diez años de guerra (1868-1878) sin cuartel dejaron muy marcada su impronta en el territorio moronense, en el norte de la actual provincia de Ciego de Ávila, Cuba, donde se había construido el famososo sistema de fortificaciones de costa a costa, denominado Trocha de Júcaro a Morón. Las secuelas se manifestaron en dos sentidos fundamentales: en el orden económico y en el social.
Desde el punto de vista económico, la jurisdicción, al igual que todo el Puerto Príncipe, provincia a la que pertenecía, quedó devastada. Sus campos no podían producir nada por el estado ruinoso en que estaban: sin cercas ni edificaciones, sin cultivos ni ganados, que constituyó una de las bases de la economía local antes de la contienda, y que fuera diezmado a causa del consumo de su carne y de sus cueros, tanto por los españoles como por los insurrectos.
La desastrosa situación se hizo evidente desde los inicios de la guerra, cuando incendiaron y destruyeron las haciendas y demás establecimientos rurales, entre ellos los incipientes trapiches de la comarca, que sucumbieron en el primer año. Ya a mediados de 1878, el por entonces mariscal de campo Camilo Polavieja y del Castillo fue nombrado Gobernador Civil y Comandante de la provincia de Puerto Príncipe; encontró que la riqueza de ese territorio había desaparecido; por eso emprendió reformas locales, a la vez que les incorporaba objetivos de carácter político.
Poco después de tomar el mando de la naciente provincia, fundó en Puerto Príncipe una Junta Protectora del Trabajo Agrícola e Industrial, que extendió créditos a bajos intereses, para que los terratenientes camagüeyanos reconstruyeran sus fincas. Algunas de las medidas tomadas tuvieron su efecto en la reanimación económica; dedicó grandes esfuerzos a promover el desarrollo de la riqueza pecuaria, base económica tradicional del extenso territorio.
En el momento en que Polavieja lo trasladan a Santiago de Cuba, tenía en reconstrucción y trabajando numerosas fincas, entre ellas, 95 en la zona de Morón, 110 en la de Chambas, y 96 en la de Ciego de Ávila, lo que significaba un resurgimiento de la economía.
Llama la atención el hecho de que en ese momento, la población española en el territorio moronense era de 4 411 personas, muy superior a la criolla, lo que denota la influencia que tuvo en la región la Guerra como resultado de ser Morón uno de los puntos nodales de la Trocha de Júcaro a Morón hacia el cual arribaron no pocos peninsulares y canarios.
Otro grave problema era las vías de comunicación. Según expone el historiador español Teosifonte Gallego en su obra La insurrección cubana. Crónicas de la campaña. Preparación de la Guerra, los puentes que habían sido destruidos durante la contienda continuaban en el suelo. Por el Ministerio de Ultramar se concedieron a la Diputación Provincial de Camagüey 40 mil duros para la reconstrucción de los mismos, y el general Manuel Salamanca y Negrete, Gobernador General en esos momentos, afrontando la responsabilidad, hizo que el dinero se ingresara en la Tesorería Central con cargo a la Inspección General de Obras Públicas, con el objetivo exclusivo para el que fue concedido.
A la iniciativa del general Salamanca se debió que el Faro de Cayo Francés fuera reconstruido, y por último, mientras se realizaban los estudios para la reconstrucción del territorio, una comisión militar compuesta por importantes jefes del ejército y presidido por el general Galvis, cumpliendo sus órdenes, practicaba un reconocimiento de las costas y elaboraba un relevante estudio de defensa.
La referida comisión invirtió ocho meses en los estudios y emitió un dictamen que fue fechado en La Habana el 27 de abril de 1889 y firmado por el general Galvis. Se levantaron croquis detallados relacionados con la defensa de las costas, pero el informe se extravió luego de enfermar el general Salamanca y nadie volvió a ocuparse de él hasta que o tuvieron el agua al cuello con el inicio de la Guerra del 95.
De forma simultánea a esta parte del plan marchaba su proyecto de colonización, ayudado eficazmente por el ingeniero Francisco Portuondo, a la sazón Jefe de Montes. Salamanca pretendía encausar hacia Cuba la emigración que salida de España, se dirigía a Brasil, la República Argentina, al Uruguay, etc. Concebía la colonización como indispensable para dar cumplimiento a un fin social y nacional.
El general Salamanca se lamentaba que no se hubiesen aprovechado los años de paz transcurridos desde el término de la Guerra, para restaurar en el campo el «sentimiento patrio» - entiéndase hacia España – con la renovación de la sangre española, poniendo un dique de gran resistencia a las aspiraciones consideradas por él como «sospechosas de la raza negra», y un valladar poderoso a los que trabajaran solapadamente contra la integridad del territorio o sea, contra los que conspiraban en la etapa de previa preparación de la Guerra Necesaria. Era, por ello, objeto esencial del general incrementar la población blanca de la Isla, como una necesidad inobjetable, en la forma que fuera más conveniente, para que a su vez ese aumento redundara en beneficio de la agricultura, principal fuente de riquezas del gobierno español.
Fueron propósitos de Salamanca los de hacer un ensayo de la colonización por familias peninsulares, prefiriendo esto, momentáneamente, a la colonización militar, por tener en cuenta la gran conveniencia que fuera allí la mujer genuinamente española, «con amor ferviente», así decía, a la causa nacional. La idea de Salamanca se discutió mucho y se censuró, entre otras razones, por lo caro de la puesta en práctica del proyecto.
Poco después, cuando se vio que eran elegidos los terrenos en el interior y no en las costas, las críticas arreciaron, por entender que la vida de las colonias estaba en la costa, donde encontrarían más fácilmente la prosperidad deseada para los colonos.
Así las cosas, Salamanca maduró sus ideas antes de ponerlas en práctica, así que continuó adelante con ellas cuando tuvo la aprobación expresa del Gobierno a quien sólo hizo éste ruego: que le mandara gente acostumbrada al trabajo del campo.
Obtuvo pronto ofrecimientos de terrenos, aunque no eran en realidad necesarios puesto que el Estado poseía inmensas extensiones, pero Salamanca prefirió las donaciones particulares con el fin de restablecer los lazos entre los que llegaran y los ya establecidos en el país. A pesar de la oposición que se le hizo al proyecto, fue ayudado con gran eficacia por las Juntas Regionales para proporcionar recursos con que instalar a los colonos. También contribuyó a la realización de esta idea los impresos de Vapores de Herrera y de Menéndez; el producto de una corrida de toros en La Habana, y una lidia de gallos en Guanabacoa.
De acuerdo con Antonio Gordon y Acosta en su obra, en el referido año de 1889, Salamanca se ocupó personalmente de la colonización por familias peninsulares, «arribando a estas playas desde 14 de noviembre de 1889 al 17 de marzo de 1890, 167 familias, compuestas de 877 individuos, fundándose caseríos en terrenos cedidos por los Srs. Pastor Leyte Vidal; Herrera (D. Ramón), Calafet, Marqués de Santa Lucía, Agramonte, Campos, y Carbonell y C [...]».
Empezaron a llegar familias y pronto se vio que los Gobernadores de las provincias a los cuales pertenecían en la península no se habían cuidado mucho de las recomendaciones que el general Salamanca les hiciera, porque entre los que desembarcaban eran mayoría los que no habían tenido vínculos con el trabajo del campo, falta grave cometida, sin dudas por no haber estado conscientes las autoridades de la importancia que para la nación tenía el proyecto.
Sin embargo, se fueron estableciendo poblados: Salamanca los acompañaba hasta dejarlos instalados en sus bohíos, con el título provisional de propiedad de la finca adjudicada y con los útiles de labor, médico, escuela, regenteada por Carmelitas, teléfonos, etc.
Pero primero los canarios que arribaban al puerto habanero debían permanecer durante un tiempo en Triscornia, un fuerte que se localizaba en la extremidad del caserío de Casablanca, próximo a la ensenada de Marimelena. Tenía como objetivo, además, el de vigilar aquella parte de la bahía. Como dato curioso es significativo que durante la emigración canaria verificada durante las primeras décadas del siglo XX, Triscorina continuó siendo el punto de concentración de aquellos isleños que llegaban al país luego de penosas travesías por el Atlántico.
Algunos gobernadores, como es el caso de Enrique Capriles, que mandaba la provincial de Puerto Príncipe, ayudaron con profusión a Salamanca y prestaron eficaz concurso al mejor desarrollo del proyecto.
Pasó el tiempo, marchaban las colonias y al año de instaladas, las que trabajaron vivían bien a pesar de no haberse instalado en las costas, este criterio, claro está, según las fuentes colonialistas. Decía Salamanca: «yo no llevo a las costas a los colonos, porque allí no me responden al fin militar que persigo».
General Manuel Salamanca
Colocados en el interior y en puntos no elegidos por capricho y si obedeciendo a conveniencias, que solamente podrían observarse, según la opinión de Salamanca, si se daba el caso del inicio de una nueva guerra, estos españoles debían abrir trochas para sacar sus productos y llevarlos al mercado; se harían prácticos en el terreno y sus conocimientos y sus estancias servirían de gran utilidad a las fuerzas españolas si se iniciara la lucha. Era éste, principalmente, el objetivo que movió al general español a poner en práctica la colonización: disponer de comunidades dispersas de españoles que pudieran servir, en caso de guerra, de apoyo a las tropas peninsulares en operaciones. Pero Salamanca expresaba que «no he de decir estas por dar gusto a los críticos».
Salamanca, en calidad de gobernador general, se dedicó con especial celo a poner en práctica su proyecto de colonización blanca, a manera de ensayo, en las provincias de Santiago de Cuba y Puerto Príncipe. Dedicado a esta actividad, que consideraba inaplazable, lo sorprendió la muerte y no pudo ver los frutos de su trabajo. Tampoco la vida la fue suficiente para concluir su mandato en la Capitanía General de la Isla, al fallecer el 6 de febrero de 1890, en circunstancias que aún hoy, no han sido del todo aclaradas.
Sin embargo, el 20 del propio mes de 1890 se creó la Junta de Colonización; el 16 de marzo se hizo extensiva a toda la Isla la Ley de Colonias Agrícolas, publicándose el Real Decreto en la Gaceta de La Habana de fecha 3 de agosto del mismo año.
Con relación al proyecto, se pensaba que con la inmigración blanca, formada por familias peninsulares, que era el pensamiento desarrollado en la colonización, no habría nadie que dejara de reconocer los grandes beneficios que reportaría. Para ello, las colonias debían constituirse, y así se hizo en la mayor parte de las que se fundaron, en poblados de 20 a 50 familias y casas, según las donaciones de terrenos; el pasaje de las familias emigrantes en vapor hasta Cuba y ya en esta hasta las colonias a que eran destinadas corría a cuenta del Estado, con cargo al crédito concedida a la colonización el cual, puesto que se trataba de un ensayo, estaba limitado a 250 familias en todo el país.
Cabría preguntarnos qué recibían los inmigrantes peninsulares una vez llegados a la colonia. Pues a cada una de las familias recién llegadas se les entregaba una caballería de tierra sin otra obligación que cultivar el terreno durante cuatro años consecutivos, pasados los cuales el colono o familia tendría el pleno dominio y absoluta posesión de la casa y tierras donadas, pero sin poder vender ni afectar a esos terrenos en ese tiempo, o lo que es lo mismo, no podrían ser hipotecados ni recaer sobre ellos ningún compromiso que afectara la forma de propiedad sobre el referido terreno.
Una vez instalado el colono y su familia en la colonia, y con el propósito de tuvieran garantizada su subsistencia hasta que fueran capaces de obtener productos de la tierra, se les abonaba y suministraba por semanas y a cada individuo, durante seis meses, ración en especie, en proporción a la edad de cada miembro de la familia. Por último, para que cada familia pudiera atender los gastos menores, en los seis meses que se les suministraba ración, recibirían una cantidad variable y que no excedería de 4 pesetas semanales por familia Todo lo anterior quedaba recogido en el contrato previo que se firmaba entre el Gobernador y el emigrante.
Según plantea la historiadora Imilcy Balboa, en su artículo «Protesta rural e independencia nacional», la concepción de Manuel Salamanca preveía, básicamente, la organización militar en sus enclaves. Al frente de la colonia estaría un oficial del Ejército que realizaría las funciones de Jefe de la Comandancia Militar, y simultáneamente regía los destinos del enclave. Poseerían con un puesto de la Guardia Civil y los colonos tendrían que alistarse en el Cuerpo de Voluntarios y cumplir los ejercicios de entrenamientos previstos. Se dispuso el establecimiento en cada colonia de un profesor médico, también militar.
Los labradores debían cumplir las siguientes condiciones:
1.- Cada núcleo podrá estar constituido por el padre, la madre y un hijo por lo menos.
2.- El cabeza de familia debía ser útil para la agricultura.
3.- Transporte gratuito desde el Puerto de La Península en que el gobierno se hiciera cargo de los emigrantes hasta el sitio donde se dedicarían al trabajo.
4.- La Capitanía General se encargaría de la manutención de todos los llegados durante seis meses, contados desde la fecha en que desembarcaran en la Isla.
5.- También les facilitaría los recursos necesarios para la primera siembra.
6.- Recibirían gratis la propiedad de las tierras que cultivasen.
7.- Todos los que emigrasen bajo estos requisitos debían permanecer en el punto del país que se le designase, prohibiéndosele abandonarlo durante un plazo de dos años, sin autorización previa del Gobernador General.
Ahora bien, ¿dónde se establecieron estas colonias de emigrantes peninsulares?
Como se había expuesto antes, las colonias se fomentaron sobre la base de terrenos donados por propietarios particulares. En el caso de la provincia de Puerto Príncipe, fueron donadas 25 caballerías en el Término Municipal de Ciego de Ávila por el señor Jaime Calafer, y en cuyos terrenos el 17 de noviembre de 1889 se funda la colonia “Reina Cristina”, la primera constituida en Cuba con las concepciones de Salamanca.
En cuanto al Término de Morón, el señor Rafael Fernández de Castro donó 16 caballerías en la finca “La Venturilla”, cerca de “Naranjo”, donde se fundó la colonia “Infanta Isabel” formada por cien personas agrupadas en 16 familias canarias. De acuerdo con el historiador moronense Benito Llanes Recino, los emigrantes arribaron a La Venturilla el 20 de enero de 1890. Allí se radicó como médico – cirujano el Dr. Vijil y era su Alcalde de Barrio José Cervilla. Es necesario señalar que Imilcy Balboa, estudiosa de esta temática, no recoge en su artículo la existencia de esta colonia, de ahí uno de los aportes fundamentales del presente trabajo.
En la provincia de Puerto Príncipe se fomentaron en 1889 la colonias “Reina Cristina” y en 1890 la “Infanta Isabel”, en Ciego de Ávila y en el Término Municipal de Morón respectivamente; “Becerra”, “Sagasta” y “La Caridad”, en Santa Cruz. En esa misma fecha se construían la “Álvaro Reinoso”, en Nuevitas y “El Habanero” en Puerto Príncipe. Algo importante en las colonias era el estado de la salud de sus miembros. En un informe redactado Francisco P. Portuondo, de fecha 17 de marzo de 1890, se expresaba que “la sanidad era satisfactoria y que solo habían ocurrido tres defunciones en la “Reina Cristina” y una en la “Salamanca”.
Sin embargo ese no era ese el criterio del autor Antonio Gordon quien expresaba en su obra «No obstante la falta de toda condición de salubridad en las colonias que por familias se fundaron […] desde el 14 de noviembre de 1889 a 16 de marzo […] solo sucumbieron de afecciones comunes cuatro sujetos: 3 en la Reina Cristina y uno en la colonia Salamanca». Y más adelante, y con la finalidad de garantizar la salubridad de las colonias expresaba:
«En una palabra, debe impedirse el que venga en calidad de colono á todo aquel sujeto que padezca enfermedad, achaque o mancha, que sea capaz de comprometer su resistencia (al clima, enfermedades propias del país, entre otras causas. N del A) como á los convalecientes de afecciones graves, los dominados por pasiones deprimentes y los aniquilados por la miseria».
Los abastecimientos de las colonias, tanto de víveres como de efectos, útiles, herramientas y demás, se hacían desde la capital, con los donativos que se recibían y el producto de la corrida de toros efectuada con el fin de recaudar fondos para el proyecto; mas después que se agotaron esos fondos, se cargaron del crédito de 40 mil pesos consignados para la colonización, concedidos en el año económico 1889 - 1890. Poco después, el 12 de enero de 1891 se entregaron a Gervasio Casañas tres mil pesos para las colonias de Puerto Príncipe.
Mientras, en Santiago de Cuba se fundaron las colonias Salamanca, en Victoria de las Tunas y la “Leite Vidal” en Mayarí. En ese año estaba en estudio la fundación de dos nuevas colonias en Cauto Embarcadero.
Ya en 16 de marzo de 1888 habían llegado a Cuba 167 familias compuestas por 877 personas, las que en esa fecha ya se encontraban en las respectivas colonias.
Sin embargo, la prosperidad de las colonias se vio amenazada tras la muerte del general Salamanca, cuando sufrieron los trabajos de las colonias la interrupción consiguiente, llegando a tal punto el disgusto experimentado por los colonos por considerar fracasada la obra del gobierno en la que habían cifrado su porvenir, que algunos pretendieron abandonar las colonias mientras otros, ante la escasez de recursos, hicieron llegar hasta la prensa sus quejas y disgustos.
El nuevo gobernador general José Sánchez Gómez, al asumir el mando de la Isla en febrero de 1890, tuvo que hacer frente a la problemática que presentaban las colonias. Por ello dedicó no poco tiempo a resolverla; adoptó disposiciones para que se les proporcionase la correspondiente alimentación a los empobrecidos colonos y se reanudaran los trabajos emprendidos, entre otras disposiciones encaminadas a dar formación definitiva al servicio de las colonias.
El infortunio de un colono canario
Llegados a este punto cabe preguntarse cuál había sido la suerte de los colonos de la “Infanta Isabel” enclavados en la finca La Venturilla. Consideramos que el siguiente ejemplo puede ser ilustrativo de la difícil situación que atravesaban sus miembros. Lo ocurrido está relacionado con Don Antonio Benítez González quien, de acuerdo con un expediente instruido en su contra existente en el Archivo Nacional de Cuba, era colono de la “Infanta Isabel”, de 30 años de edad, natural de la isla Santa Cruz de Tenerife, quien arribara a Morón junto a su esposa y dos hijos en pos de la prosperidad prometida por las autoridades españolas. Benítez tenía la profesión de campo y no poseía ni instrucción ni apodo por el que se le conociera. Un infortunado día de julio de 1891, arribó el mencionado Benítez a la casa de comercio de los señores “Solís y Compañía”, lugar en que estaban presentes Aniceto Zabala, alcalde de Morón, en unión de Gabriel Berdecí. El colono, que andaba a la procura del alcalde, le presentó una receta del médico de la colonia “Infanta Isabel” para que el dentista de Ciego de Ávila le extrajera una muela a su mujer, y le exigió al alcalde que se le abonara el costo del pasaje. El aludido, como máxima autoridad de la Villa, le planteó que le comunicara al médico que en Morón había dentista que podía hacer la operación sin necesidad de acudir al de Ciego de Ávila. Oído esto, y molesto por la respuesta del Alcalde, Benítez prorrumpió en insultos y amenazó que de todas maneras había que pagárselos. Ante lo ocurrido, el Alcalde arrestó al colono y de inmediato comenzaron las averiguaciones, de las cuales resultaron que el referido Benítez carecía de antecedentes y que era cierto que le había presentado las recetas al Alcalde. Interrogado más tarde Benítez sobre las manifestaciones vertidas en la casa de comercio y las amenazas que había proferido contra el Alcalde, manifestó haber expresado: “Señor Alcalde, Ud. me las pagará, pero lo que quiso decir es que le pagaría la extracción de la muela, por carecer de metálico, sin que en su ánimo fuera faltarle, ni mucho menos amenazarlo de muerte”.
Cierto o no lo expuesto por Benítez con relación a sus verdaderas intenciones hacia la persona del Alcalde, lo realmente ocurrido fue que se viera envuelto en un proceso judicial acusado de desacato, para lo cual le fue abierta una causa criminal en el Juzgado de Instrucción de Morón, en cuyo expediente aparece que:
Don Manuel Pina, Secretario del Juzgado de Instrucción del Distrito de Morón certifico: Que en dicho Juzgado y en la Secretaría de mi cargo ha cursado la causa criminal seguida de oficio contra Antonio Benítez González por desacato a la autoridad, y en la ejecutoria de la misma constan las particulares siguientes: Primero, la sentencia dictada por la Exma Sala de Justicia de este territorio en 9 de julio último por lo cual se le condenó al procesado Don Antonio Benítez González por el delito de desacato a la autoridad, a la pena de 4 meses y un día de arresto mayor, suspensión de todo cargo y derecho de sufragio durante el tiempo de la condena y multa de 325.00 pesetas, y al pago de las costas, quedando sujeto a la responsabilidad personal subsidiaria que establece el artículo 4ª del Código penal, sirviéndole, desde luego, la mitad de la prisión preventiva sufrida.
Segundo: El 11 de agosto corriente, se recibió la certificación de la sentencia dictada y se mandó guardar, cumplir y ejecutar lo dispuesto por le Sr. Pascual Gómez Barnecha, Juez de Instrucción de este partido; se notificó personalmente el 13 del propio mes la sentencia al reo, quien manifestó el 21, al ser requerido, que no podía hacer efectiva la multa a que también había sido condenado por carecer de metálico y de bienes de todas clases y quedó a disposición del gobierno civil de esta provincia el 20, en la cárcel del partido de esta villa para cumplir la pena impuesta. Tercero, practicada la correspondiente liquidación de condena y apareciendo que el penado... ingresó a la cárcel del partido de esta villa el 20 del mes corriente, partiendo desde esa fecha cumplirá los cuatro meses y un día de arresto mayor el 20 de diciembre de este año, pero habiendo sufrido 17 días de prisión preventiva, se le rebaja de esta la mitad, que son 9 días por quedarse a su favor la fracción de medio día por lo que cumplirá entonces la pena principal el 11 del referido mes de diciembre, debiendo cumplir la prisión subsidiaria correspondiente por las 325 pesetas de multa que importan 26 días de prisión, extinguiendo por lo tanto el día 6 de enero inclusive del año 1892 toda la pena. Cuarto, el penado [...] no es reincidente ni ha sido penado por otro alguno ni queda sujeto a otro procedimiento [...].
La anterior comunicación, recogida en el expediente de sanción que obra en el Archivo Nacional, fue enviada desde el Juzgado moronense al Gobierno Civil de Puerto Príncipe el 29 de agosto de 1891.
De nada valieron sus explicaciones en las que aducía una mala interpretación de sus palabras, de todas formas, debió pagar bien caro su reclamo ante la carencia de bienes de todo tipo, y aún más, tuvo que enfrentar 4 meses y un día en prisión más 26 días adicionales de cárcel mayor al verse imposibilitado de pagar la multa en metálico que le fue impuesta. En fin, el caso de Antonio Benítez es muestra fehaciente de que los colonos de la “Infanta Isabel” no lograron amasar fortuna.
Hoy podemos plantear que lejos de lo que pensaba el general Salamanca con el proyecto de fomentar la emigración blanca peninsular a los campos de Cuba, entre cuyas doctrinas ocupaba un lugar preponderante la ayuda que podían prestar al ejército español si alguna vez estallaba una nueva contienda, rodó por tierra al inicio de la Guerra del 95 cuando, contrariamente a lo que se pretendía, las familias que la integraban se dirigieron para la villa, malográndose la ejecución del proyecto. Esta fue una de las causas por las cuales la colonia “Infanta Isabel” tuvo una vida tan efímera y nada próspera.
Una visión ofrecida por el patriota Fermín Valdés Domínguez, quien conoció de cerca estas colonias, permite adentrarnos en la forma de vida de estas familias y, especialmente, el rol que jugaron en la Guerra. Creadas con la esperanza de que constituyeran una punta de lanza contra el Ejército Libertador en caso de ocurrir una nueva guerra, desde el inicio de la del 95 fueron abandonadas por sus pobladores. El 20 de julio de 1897 expone Valdés Domínguez en su importante obra “Diario de Soldado”:
[...] y acampo en el mismo lugar en donde pasé tres días de vuelta de la Constituyente, pero ¡qué distinto es el cuadro! Ya no hay casas ni siembras, ni chivos que había muchos, y no anima estos montes con sus gracias y coqueterías la simpática Luz, que tenía una sonrisa para todos pero que se mantenía honrada y muy enamorada de su prometido, … oficial de nuestro ejército. Todos me dicen que están en el pueblo. Y era natural: formó aquí Salamanca una colonia de españoles y aunque se habían cubanizado algo, al fin tomaron el camino que más los acercaba a España. Me contó hace días un cubano, auxiliar de una prefectura y amigo de Luz, que esta se había ido con su familia; pero contra su voluntad, pues se conservaba muy cubana. El infeliz Salamanca tuvo talento, pero no pensó que los españoles no pueden hacer en Cuba almas que sientan como ellos: sus hijos, aunque nazcan en los montes, alejados de todo contacto con los demás, son cubanos siempre.
[...] Todo aquel alegre caserío de estos lugares ya no existe: donde vivía Luz se levantan los palos negros que denuncian el incendio y sólo queda la tierra testigo de tanta labor antes y de tantos heroísmos ahora [...].
Por su parte, el general Bernabé Boza, jefe del Estado Mayor y de la escolta del generalísimo Máximo Gómez, también se refirió en su diario a la Infanta Isabel cuando anotó en su diario de campaña en julio de 1897:
[...] Se oyó fuego de nuestros exploradores en Sabanitas. El comandante Quiñones, con su escuadrón del regimiento Expedicionario, ocupó posiciones para batirse. Nosotros marchamos y acampamos en Cabezada.
En este lugar estableció unas llamadas “colonias” formadas por españoles e isleños, el General Salamanca, para mí uno de los mejores gobernantes que España envió a Cuba, [...] Por eso, porque era un buen gobernante, dicen que murió envenenado.
De forma general, puede asegurarse que las colonias fundadas por Salamanca constituyeron un fracaso y no cumplieron con el objetivo principal por el cual se crearon, motivado entre otras causas por haber sido concebidas con un propósito militar, lo cual lastraba su funcionamiento agrícola. Por otra parte, la conversión de los inmigrantes en voluntarios, conllevaba a la ejecución de actividades propias de la vida militar que restaban tiempo al trabajo. De forma general, los colonos, al decir de Balboa, no precisaban de jefes, sino de buenas tierras y aperos de labranza, ya que su razón para su viaje a la Isla era precisamente cultivar la tierra.
Tras el fallecimiento de Salamanca, en febrero de 1890, la situación de las colonias fundadas se hizo aún más precaria. Por un lado carecían de recursos para sobrevivir mientras el gobierno se desatendió de ellas y los colonos quedaron sumidos en el abandono.
Así, las colonias de Salamanca pues no pudieron impedir el levantamiento ni el avance de la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895, tampoco pudieron jugar el papel del pretendido apoyo al ejército español en operaciones en las diversas zonas en que estaban enclavadas.
Esa es el triste resultado de un proyecto colonizador que pretendía contrarrestar los ideales independentistas del pueblo cubano. Hoy, a más de una centuria de su surgimiento y posterior ocaso, las colonias “Infanta Isabel” y “Reina Cristina” no son más que fantasmas de habitan en los amarillentos y carcomidos papeles de los archivos. Sus huellas fueron borradas por el tiempo, olvidándose que un lejano día llegaron a existir.
BIBLIOGRAFÍA
Colectivo de autores. La turbulencia del reposo. Cuba 1878 – 1895. Ciencias Sociales, La Habana, 1998
Gallego, Teosifonte. La insurrección cubana. Crónicas de la campaña. Preparación de la guerra. Imprenta Central de los Ferrocarriles. Madrid. España. 1897.
Gordon y Acosta, Antonio. Higiene colonial en Cuba. H. Miyares. La Habana. 1895-
Llanes Recino, Benito. “Del Morón Antiguo”. Museo Caonabo. Morón. Fondo: Documentos.
Pérez Guzmán, Francisco y Rodolfo Sarracino: La Guerra Chiquita: una experiencia necesaria, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982.
Suárez Martín, José. Un latido de España. (Colonia Reina Cristina). Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2007.
Valdés Domínguez, Fermín. Diario de Soldado. Universidad de La Habana. 1974. Tomo IV.
Documentos de Archivo:
Archivo Nacional de Cuba:
Fondo: Miscelánea de Expedientes. Legajo: 3889 No: Ab. Testimonio de condena y certificación de la sentencia impuesta a Don Antonio Benítez por delito de desacato a la autoridad.
Fondo: Consejo de Administración de la Isla de Cuba.
Fondo: Gobierno General.



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